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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Lucas Leiva ganó el pasado sábado en el Olímpico de Roma la Supercopa Italiana con su nuevo equipo, la Lazio. Con este titulo, el brasileño, que lleva un solo mes en el club romano, engrosa algo más su palmarés. Concretamente lo mismo que lo engrosó en su largo periplo en Anfield, donde solo ganó una Copa de la Liga. Y es que esta es la triste realidad del Liverpool.

Aunque para evitar ventajismos injustos, es necesario contextualizar. Bien es cierto que desde la marcha de Rafa Benitez, al conjunto red le ha costado horrores levantar cabeza. A pesar de todo, hablamos de un grande del fútbol ingles, y aunque en la psique de todos aun perduran momentos tan dantescos como un Liverpool con Jonjo Shelvey de punta, o otro al mando de Rodgers cayendo en Anfield ante un tercera, también ha habido momentos de lucidez. Algunos de la mano del propio Rodgers, como aquel sprint final tan excitante como dramático en el que Sterling y Suárez maravillaron. Y en el que Gerrard y su resbalón regalaron la Premier a un City mediocre. Una Premier que sirve de perfecta metáfora para definir la ultima década red. Y al Liverpool actual.

Regresando al presente, Klopp supuso un soplo de aire fresco para una entidad muy maltratada. El alemán supuso una inyección de moral y prestigio. Aunque ni Jurgen ha conseguido paliar la sequía de títulos que persigue a los del Merseyside. Y ocasiones no le han faltado. En su primera campaña, con una plantilla bastante descompensada, el alemán se plantó en dos finales mostrando un fútbol vistoso, pero débil, algo que supuso perder ambas finales. Y aunque esta fragilidad se intentó mitigar la siguiente campaña, no se consiguió. El conjunto de Liverpool mostró por momentos una versión ofensiva brillante y vistosa en la que se palpaban similitudes con aquel Dortumund que maravilló a Europa. Un fútbol excitante y emocionante que atropelló a candidatos al titulo tan serios como el City de Guardiola o el Chelsea campeón de Antonio Conte, pero que no consiguió doblegar a equipos pequeños con regularidad. Una regularidad que gana ligas y que ha eximido a Chelsea o Tottenham de tener que alcanzar esa vistosidad ofensiva que si mostraba el conjunto de Klopp. Y que solo sirvió para quedar cuarto.

Si algo esta claro viendo la pasada campaña y la pretemporada red, es que el Liverpool ha alcanzado un nivel de fluidez ofensiva y una madurez en los grandes partidos suficiente para ser candidato a todo. Pero que, en absoluto, se ve correspondida por la fragilidad defensiva a las que nos tiene acostumbrada la zaga. Futbolistas como Matip o Klavan llegaron el pasado verano para acabar con esta debilidad. Lo cierto es que no se ha acabado con ella, y que el Liverpool actual nunca podrá competir de igual a igual a grandes de Europa con el nivel de su defensa. Más allá de su apabullante ataque. Y es por eso que se antoja tan necesario el fichaje de Van Dijk. Un fichaje que cada día se complica más, como el tema Coutinho.

Con este contexto llegaba el sábado a Vicarage Road. Y efectivamente el partido acabó siendo un fiel reflejo de la realidad del Liverpool. Una capacidad y practicidad ofensiva que impresionó, lastrada una vez más por una fragilidad defensiva que dejo escapar en el 93', dos puntos. Solo dos, pero de esos que acaban dando ligas. Firmino dio una lección sin ser un nueve de como debe moverse un delantero centro. Mané y Salah penetraron en la zaga del Watford como si fuera mantequilla, todo esto para solventar los despropósitos de una zaga que haría inútil la remontada en el tramo final. Y es que los tres goles que encajó el Liverpool son para analizar y poner en las escuelas de fútbol sobre lo que no se debe hacer.

El partido empezaba con un gol de Okaka en un saque de esquina en el que este y Kaboul entraron como quisieron en una inútil y estática línea de marcadores que vio impasible como se adelantaba el Watford. El Liverpool consiguió empatar, pero pronto vería como de un saque de banda estéril en el que Amrabat, en inferioridad, acabaría provocando, tras una serie de despropósitos en el área, el gol de Doucouré. Otra vez a remar contracorriente. Pero como ya hemos dicho, esto sí se le da bien a un Liverpool que se puso por delante con una brillante remontada. Fue en el descuento, cuando al equipo se le volverían a ver las costuras. Tras un despeje esperpéntico de Wijnaldum, el Watford gozaría de una última ocasión más, ocasión que ,con la ayuda de una grotesca actuación del arbitro y Mignolet, Britos transformaría.

Empate con el que el Liverpool, además de perder dos puntos de los que duelen, deja una imagen de vulnerabilidad que hace estéril la vertiente ofensiva tan potente y ilusionante que posee. ¿Soluciones? Virgil Van Dijk sería un buen inicio, aunque a Klopp le va ha hacer falta algo más que tirar de talonario para acabar con el día de la marmota en el que está inmerso el Liverpool.

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