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Sandro Rosell
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Minuto dos de partido. Daniel Sturridge, que afronta su segundo partido como titular con el West Bromwich Albion, se tira al suelo y pide el cambio. No puede seguir. Apenas ha dado tiempo a los jugadores para correr un sprint. La mayoría ni siquiera ha tocado el balón y el punta inglés, que había cambiado de aires para buscar su nuevo yo, tiene que salir del campo por lesión, con un runrún caótico en su cabeza, con una idea que le está volviendo loco. “¿Por qué siempre me lesiono?”. Porque Daniel Sturridge, que una vez fuera el deseo de toda Inglaterra y de media Europa, quizás el jugador más diferencial de la selección, es hoy un jugador de cristal y la palabra que le define es vulnerabilidad.

Empezó su carrera en el Cadbury City, pasó por las canteras de Aston Villa y Coventry antes de recalar en el Manchester City, donde pasó adolescencia y se formó como futbolista antes de debutar en Premier League con los Citizens. Su futuro prometedor le hizo ser internacional con todas las categorías de Inglaterra y que el Chelsea le arrebatara al City al jugador cuando apenas tenía 19 años. Tras cuatro temporadas en Londres donde la competencia en la punta era voraz, un Liverpool con ansias de volver de su letargo le firmó previo pago de 15 millones de euros para formar una delantera terrible con Luis Suárez.

A sus 23 años, el inglés, que ya había debutado como absoluto, no tenía mal currículum del que presumir. Junto al uruguayo hizo tambalearse al Big Four de la Premier League y fue uno de los culpables junto al delantero charrúa de que el Liverpool se quedara a un resbalón de Gerrard de llevarse un campeonato con el que ni los más optimistas habían llegado a soñar. Esa gran 2013-2014, en la que marcó 24 goles, hizo que fuera el punta de lanza de Inglaterra en el Mundial de Brasil. Allí, fue de lo poco potable de los pross y no se quiso ir de la cita sin dejar el sello de su gol y su ya celebérrima celebración.

Ahí llegaron las ofertas de toda Inglaterra y de medio mundo, los cantos de sirena y el afán del Liverpool por retenerle. Él sabía que en Anfield había encontrado esa regularidad que otros grandes no le habían brindado, se quiso quedar, vinculó su futuro a los reds y fue entonces cuando todo se torció. Vale que el tobillo ya le había dado problemas a finales de 2013, llegándose a perder dos meses y medio de competición, pero Daniel nunca había sido un jugador con tendencia a la enfermería.

Nada más arrancar la 2014/15 se desgarró y se quedó fuera de los terrenos un mes. Cuando parecía que ya estaba apto para volver, recayó, alargando su ausencia durante tres meses y medio más. Entró poco a poco en el ritmo del equipo, siendo suplente de primeras y ganándose la titularidad con buenas actuaciones. Pero solo ocho jornadas después de su retorno, en abril, se volvió a lesionar. Esta vez fue la cadera. Acabó la temporada en la enfermería, pasó por quirófano, y no volvió hasta el mes de octubre.

A su vuelta pareció como si nada hubiera cambiado en él. ‘Debutó’ contra el Norwich, le hizo dos goles al Aston Villa y cuajó una gran actuación contra el Everton. Todo en 14 días. Los 14 días que estuvo sano, porque un golpe en la rodilla le hizo unirse nuevamente a la lista de bajas. Nuevamente un mes y medio en el dique seco. Pero Sturridge volvió, porque siempre vuelve. Pero siempre recae, también. Solo necesitó esta vez dos partidos (40 minutos entre ambos) para volverse a lesionar. Una nueva rotura fibrilar que le tuvo fuera desde diciembre hasta marzo (con una pequeña aparición en un duelo ante el Aston Villa en febrero). El Liverpool lo intentó todo pero, cansado de esperar durante dos años a un jugador que había estado más tiempo lesionado que sano, trajo refuerzos. Llegaron Origi, Ings y Benteke, entre otros. Sturridge acabó el curso 2015/2016 bien cuando se recuperó de su rotura muscular. Jugó ocho partidos ligueros, marcó cinco goles y fue fundamental en la fase final de la Europa League, dejando en semifinales al Villarreal fuera con un gol y una asistencia y siendo lo único destacado del equipo en la final ante el Sevilla, gol incluido. Pero pasó un verano regulero. Acudió a la Eurocopa como suplente, se ganó ser titular a medida que avanzaba el torneo y cuando Inglaterra se fue a casa antes de tiempo, él volvió resentido de la cadera.

En Liverpool saltaron las alarmas y la decisión ante su vulnerabilidad y fragilidad física fue la de dosificarle durante la 2016/2017. Perdió la titularidad y la regularidad. Alternó suplencias con titularidades y acabó jugando 27 partidos ese curso, con una media de 44 minutos por encuentro (más que en todos los últimos dos años, pero una cifra bajísima para un jugador importante) en un año en el que solo una pequeña lesión muscular y una nueva recaída de su cadera le afectaron.

Pero Sturridge era algo más. Su caché, su calidad cuando está sano y su peligro para con el gol le hacen buscar algo más. En el verano de 2017 se rumoreó fuertemente con su retirada, toda vez que el jugador no era más que un quiero y no puedo. Y es que saber que eres uno de los jugadores más determinantes de una de las mejores ligas del mundo y no poder demostrarlo por problemas físicos debe minar la moral de cualquiera. La impotencia, el runrún en su cabeza que aparece cada vez que salta a un campo y esa sensación de romperse en cualquier momento le mata poco a poco.

El Liverpool nunca le ha querido dejar escapar, pero ha fichado jugadores importantes y primeros espada que le relegan a él a un segundo plano bien definido. Él, sabedor de que puede ser diferencial si su físico le deja, necesita más. Es año de Mundial y a su mejor nivel, Sturridge sería un jugador importante con los pross. Por eso, en verano pidió salir, pero no se dio. Por eso, en invierno volvió a pedir su marcha y el Liverpool accedió. Sturridge tuvo muchas ofertas, pero se decantó por la del West Brom porque dice sentirse allí más cómodo.

Quería encontrar en su nueva casa una zona de confort como la que encontró cuando llegó su primer día a Anfield. Pero el fútbol, como la vida, es cruel. 75 minutos después de debutar con los baggies, Sturridge se lesionó. No es grave, deberá permanecer solo dos semanas en el dique seco, pero con el inglés nunca se sabe. Y es la suma de esas pequeñas nimiedades la que está matando por dentro al delantero. En los últimos tres años y medio se ha pasado 480 días lesionado, o lo que es lo mismo, cerca de un año y medio en la enfermería.

Daniel Sturridge tiene 28 años. Está en la edad en la que un futbolista profesional debería estar en su plenitud, cuando el físico y la experiencia llegan a coincidir en su punto más alto. En cambio, Daniel Sturridge es un jugador de cristal, susceptible de lesionarse en la acción más banal.

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