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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Leicester está hundida. La ciudad sigue sin asimilar lo que ocurrió el pasado sábado. Vichai Srivaddhanaprabha era un hombre querido. Muy querido. "No puedo creer lo que está pasando. Estoy totalmente devastado y con el corazón roto. No creo que te viera por última vez la pasada noche... esto no puede ser real. Me fichaste en el 2011 y me dijiste que ganaríamos la Liga. Me inspiraste y creí en ti. Me hiciste sentir que nada era imposible". Las palabras de Kasper Schmeichel son el reflejo del sentimiento de todo un club que vive consternado. En un islote. A la deriva.

El golpe es duro. Más bien un batacazo. Sobre todo por cómo se estaba reconstruyendo este conjunto en las manos de su antiguo líder (seguro que desde allá arriba lo seguirá siendo). En 2016 todo el mundo futbolístico se aficionó a los “foxes” como quien sigue a su equipo de barrio. Se vibró con cada punto. Con cada victoria. Con cada gol. Aquel Leicester ganó la Premier y lo hizo terminando la mayoría de sus encuentros por 1-0. Como para no alentarlos.

Desde entonces, salidas como las de Mahrez, Kanté y Drinkwater fueron mermando poco a poco a una dirección deportiva que, con su presidente como gestor, supo acudir al mercado a la hora de reforzarse. Maddison, Ndidi, Maguire, Ricardo Pereira, Johnny Evans. Futbolistas jóvenes algunos de ellos con capacidad para asentarse en el máximo nivel. Jugadores que están conformando una versión distinta de aquel campeón ilustre cuyo patrón se basaba en dos premisas: defensa férrea y balón arriba para que Vardy y Mahrez se la jueguen solos.

Ahora es distinto. El despido un tanto convulso de Ranieri desorientó a una plantilla que con Claude Puel tiene muchas más variantes que de costumbre. Y junto al técnico francés (experto en desarrollar talentos precoces) ha florecido la figura de un lateral llamado a dominar el carril izquierdo de su equipo, de su país, y quién sabe si también del continente: Ben Chilwell.

Apareció en el Europeo sub 21. Aquella Inglaterra contaba en sus filas con Pickford, Ward-Prose o Demarai Gray (compañero suyo), y un tímido carrilero zurdo que recorría la banda sin arriesgar demasiado. Quizá así podríamos definir su primera temporada y media en la élite. Chilwell no destacaba precisamente en una acción concreta, pero tampoco desentonaba en ninguna de ellas. Seguridad de que lo va a hacer bien siempre había (y hay). La ley de la regularidad está en su fútbol.

Pero ahora ha dado un paso más. Con Maguire, Chilwell es el principal receptor de las salidas del inglés. Tanto en largo cuando encuentra el pasillo detrás de la defensa, como en corto con sus conducciones interiores. Capaz de llegar a línea de fondo o de asentarse en campo rival juntando pases. El lateral británico tiene la templanza y la tranquilidad de tocar y moverse. Incluso a veces olvidándose del “riesgo” de sus acciones con balón. Porque las condiciones ya las tenía, pero si algo ha ganado el bueno de Ben este curso (ha disputado todos los minutos en la Premier League) es confianza.

Determinación para regatear, para mover el balón siempre hacia delante, para buscar la pared (Maddison es un gran socio para ello) y, sobre todo, para conducir. La principal característica de Chilwell. Si no hay soluciones, a conducir. Por dentro o por fuera. No se trata especialmente de un lateral autosuficiente, ni tampoco de un pulmón en el costado que sorprende con sus llegadas a la línea de fondo. Él se encuentra más cómodo en el juego estático (algo que estamos viendo más que nunca en el Leicester este año). Ahí siempre suma.

A pesar de todavía cometer muchos errores (malas recepciones, ímpetu por jugar siempre en vertical, espalda descuidada), Chilwell tiene todas las condiciones para escribir su nombre en uno de los conjuntos del Top Six de Inglaterra. Con 21 años, su techo sigue estando a mucha altura. De momento, el costado izquierdo de los estadios de la Premier está siendo suyo. Su patio personal. Habrá que seguirle muy de cerca.

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