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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Son las 2 de la tarde de un 20 de agosto en Londres. En vez de pensar en la siesta estoy a punto de entrar en uno de los estadios más entrañables y bonitos de Inglaterra, Craven Cottage. Este estadio, hogar del Fulham, está situado en un barrio residencial de la capital inglesa, a orillas del río que atraviesa esta gran ciudad, el Támesis. Esto es muy útil, ya que como dirían en Asturias, “si el árbitro lo hace mal lo tiramos al río”, encantador.

Entro por esas puertas de acceso típicas de los estadios ingleses, estrechas y angostas que te hacen recordar a aficionados que hacen un siglo accedieron por esas mismas puertas. En efecto Craven Cottage tiene más de un siglo de vida, ya que fue inaugurado en 1896, casi nada. Nada más entrar al estadio me registran la mochila, como es normal. En ella llevo mi cámara de fotos, algún objetivo extra y una botella de agua. El primer punto que me sorprendió fue que al ver la botella de agua no me dijeron absolutamente nada, si el partido hubiera sido en España me habrían hecho quitar el tapón de la botella y casi obligarme a beber de un trago la botella si quería que sobreviviese. Después de esto me dirijo a mi asiento gracias a las indicaciones de un amable steward. Me siento en la “Hammersmith End” grada en la que se sientan los aficionados más ruidosos y que más animan del Fulham.

Una vez sentado observo el estadio en su plenitud, a mi derecha la “Riverside Stand”, que limita directamente con el Támesis. Delante de mis ojos “Putney End”, donde tienen su sitio los aficionados del equipo visitante. En una de las esquinas se sitúa una entrañable casita, que tiene los vestuarios en su interior y donde se sitúa el acceso al campo. Por último a mi izquierda, la “Johnny Haynes Stand”. La grada antigua del estadio y donde se sientan los aficionados más longevos del club. Su fachada es patrimonio de la ciudad de Londres y el club está obligado a mantenerla impoluta. Asimismo no puede sufrir modificaciones, algo que cobra importancia ya que hay una placa en la fachada que muestra que el Fulham fue fundado en 1880, cuando en realidad apareció en 1879.

Unas filas por debajo de mi posición, justo donde se sitúa el campo, puedo observar a un puñado de niños llamando a los porteros que están sobre el césped calentando. Para mi sorpresa los tres porteros del equipo acuden de uno en uno hacia los niños, quienes no paran de pedirles autógrafos y fotos. En ese momento, aburrido porque casi queda una hora para que empiece el partido, me acerco a la valla que separa la grada del campo y me pongo a hablar con un steward. Le pregunto por lo que acabo de ver y me dice que es habitual que los jugadores se acerquen antes de los partidos a los niños para interactuar con ellos. Mientras sigo con mi conversación con este señor, pasa delante de mis ojos con total naturalidad Chris Coleman, seleccionador de Gales, al que los niños acribillan con peticiones de autógrafos y fotos.

Después de mi distendida charla con el steward, en la que hablamos sobre el fútbol inglés y el español, vuelvo a mi asiento para ver el partido que está a punto de empezar. El partido en sí me sorprende por lo poco inglés que es, los dos equipos intentan salir con el balón jugado, pocos pelotazos, jugadas asociativas… Sin embargo, para los románticos como yo quedan los saques de banda del Cardiff, los ejecuta un hombre llamado Aron Gunnarson, sí el capitán de Islandia en la pasada Eurocopa.

La afición “cottage” no paró de animar en todo el encuentro, especialmente cuando el Fulham recibió los goles que le pusieron en desventaja. No pararon hasta que su equipo consiguió el empate en el tardío minuto 86. En ese momento llegó el júbilo a las gradas del estadio más bonito de Inglaterra. En definitiva, el fútbol en Inglaterra es diferente, otras costumbres, otro ambiente y sin duda para los románticos algo mucho más bonito que un partido en casi cualquier estadio de España.

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