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Sandro Rosell
FC Barcelona President



“Good men, the last wave by, crying how bright.

Their frail deeds might have danced in a green bay,

Rage, rage against the dying of the light.”

-Dylan Thomas



Para Steven Gerrard, la agonía de la luz, la luz de su carrera futbolística, ha llegado a su último resplandor. Y como dijo alguna vez Federico García Lorca, “quiero llorar porque me da la gana” y quiero hacerlo porque mi mayor ídolo futbolístico cuelga las botas con las que corrió entre barro y gloria, evadiendo rivales e ínfimos fracasos, con la mirada siempre fija en The Kop y en los ojos de los aficionados del Liverpool, ojos que reflejaban los sueños de toda una ciudad, los de su primo Jon-Paul, y los del mismo Gerrard. Un chico local liderando al equipo de su ciudad entre gloria y decepción.

Siempre me ha resultado difícil levantarme por las mañanas para ir a clase, pero cuando llegaban las clases del fin de semana impartidas por Steven Gerrard en un rectángulo de cal y pasto, solo me quedaba sentarme frente al televisor y, absorto, ver como dominaba cada partido, cada escenario y cada momento de los 90 minutos. Te admiré no solo por tus goles o tus pases de fantasía, sino también por tu otra cara, la de un ser humano vasto, un líder de los que hoy son muy escasos. Los valores que demostrabas en cada partido eran de admirar y por supuesto, de copiar el buen ejemplo. Desde que te vi jugar por primera vez he tratado de ser como tú. Y es que fuiste para mí el ejemplo perfecto para un niño que muere por ser un héroe y un líder pero que carece de supe poderes. No volabas, pero al despegar tus pies del césped aquella noche inerte en Turquía, levantándote entre rivales y demonios, como quien quiere tomar el cielo con las manos, parecía que volabas. Pero no, no volabas. O cuando parecía que por arte de magia desaparecías el balón por unos cuantos segundos y en el siguiente pestañeo veíamos el balón esconderse a más de 80 kilómetros por hora entre la red y la gloria, la verdad es que parecías un mago, pero de magia no sabías un corno. Y la infinidad de guerras que lideraste aun con la boca sangrando, cargándote el ejército de playeras rojas en tus hombros como si fuera algo tan fácil de hacer, como si tú mismo fueras tu propio ejército, siempre salimos bien librados de la batalla porque teníamos al mejor soldado.

Fuiste el halito de esperanza en un puerto donde nos hemos acostumbrado a ver entre brumas desde hace muchos años. Más que jugador de fútbol, fuiste un líder. Más que un simple capitán, fuiste héroe.

Alcanzaste la inmortalidad muchísimo antes de convertirte en jugador profesional. Tu destino se vio labrado por una desgracia, por la muerte de tu primo Jon-Paul entre las 96 víctimas de Hillsborough. Tu alma fue bordada por la tragedia y el tejedor fue el Liverpool. Por más de 700 partidos jugaste por tu primo, jugaste por la ciudad, y jugaste por lo que significa cumplir el sueño de un chico local de la ciudad del puerto. Al jugar por esos motivos pudimos ver en cada balón dividido que lo único que podría pararte era el quedarte sin aliento.

Ante cualquier adversidad, The Kop se mantenía tranquila al recordar que el hombre que lideraba al Liverpool de los vestuarios al emblema de “This Is Anfield” era nada más y nada menos que tú. No importaba si los equipos más grandes y temidos de Europa visitaban Liverpool con ganas de profanar el césped de Anfield Road, no importaba si era Real Madrid, Chelsea, Barcelona o Bayern Munich, siempre estabas tú en la primera línea del batallón listo para tomar los disparos y si era posible, dirigirnos a la victoria.

De haberte ido pudiste haber ganado todo lo que un futbolista sueña con ganar; múltiples medallas de campeón local, un par de Copas de Europa bajo el brazo, y también trofeos internacionales. No cabe duda que te pagamos mal. Es obvio que te dimos mucho menos de lo que en verdad te merecías. Pero te estaremos eternamente agradecidos la lealtad mostrada cuando fácilmente pudiste haber abandonado todo en el momento que hubieras querido. No faltaron pretendientes, pues los mejores te ofrecieron fama, riquezas y gloria, pero muy en el fondo sabias que nada se compara al liderar al equipo de tus sueños a una victoria. Al final sabias que el hogar dulce hogar está donde manda el corazón.

Steven, sé que no hablo solo por mí cuando te digo que te estamos eternamente agradecidos por todo lo que le has aportado no solo al Liverpool, sino a todo el mundo del fútbol. Nos enseñaste que es mejor la fidelidad que traicionarse. Nos ensenaste que lealtad es más que una palabra aguda, que vale más jugar por tus ideales que por los trofeos y el dinero, que también se puede ser un ejemplo para otras generaciones siendo futbolista.

Extrañaré levantarme de mañana para ver a uno de los mejores mediocampistas de los últimos años. Echaré de menos el sinfín de goles importantes, las asistencias quirúrgicas, los pases de 35 metros. Será raro el no verte galopar por el pasto de Anfield nunca más. Los pases que dabas a la red –lo que la mayoría llama tiros libres-, pero sobretodo, extrañaré el amor incondicional que nadie jamás le ha dado a un club maravilloso y plagado de otros grandes jugadores como es el Liverpool. No fuiste el más ganador, no fuiste el más talentoso, tampoco fuiste el mejor, pero sin duda eres el más grande de todos.

Un jugador como tu aparece una vez cada 100 años, y tocó la fortuna de que aparecieras cuando más te necesitábamos. Fuiste un gran jugador, un imponente líder y grandísimo ejemplo. Me quedo triste porque se retira mi más grande ídolo futbolístico, el que tantas alegrías me dio. Citando a Mario Benedetti quiero usar estas líneas para despedirme:



“…son macanas

que los hombres no lloran

aquí lloramos todos.

Llorá pero no olvides.”



Lloraremos, claro que vamos a llorar, pero no te olvidaremos.

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