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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Etihad Stadium, Emirates Stadium, London Stadium, y ahora, el Tottenham Hotspur Stadium. Por si aún alguien tenía la más mínima duda de que el fútbol es cada vez más negocio y menos fútbol, con el estadio que esta semana ha inaugurado el Tottenham tras la demolición de White Hart Lane, se le habrá resuelto. Lejos parece que ha quedado ese fútbol típico inglés, donde lo que importaba era ir al estadio solo o en familia y animar a tu equipo en cada partido. Con esta ola de “modernización” en los estadios, se tienta al aficionado a ir al estadio únicamente a beber cervezas que se “tiran” solas, y ya si eso el fútbol para más tarde. Más de 62.000 espectadores tendrán cabida en el estadio de los Spurs, siempre y cuando estén dispuestos a desembolsar, como poco, cerca de 800 euros (el abono más barato) para verlo desde la zona más alta del estadio en la que, si la vista no les falla, a lo mejor distinguen a alguno de los jugadores de su equipo.

Con estos impresionantes estadios, que más se parecen a un centro comercial que a un campo de fútbol, el equipo debe tener la sensación de que se impone a sus rivales, tanto a los futbolistas visitantes como a la afición. Salen al terreno de juego y se ven rodeados de una enorme masa de gente que, sin embargo, parece distante. Nada tiene que ver esa sensación con la que se disfruta en Anfield, Old Trafford, Molineux o Craven Cotagge. Más pequeños, sí, pero con el calor de la afición empujando a los jugadores, siendo todos uno.

Está claro que los estadios también sufren el paso del tiempo, a veces para bien, como el hecho de implantar, en su día, asientos que permitieron dejar de ver el fútbol de pie. Las enormes masas de hormigón y cemento de las fachadas de los estadios, adornadas con el escudo y con los colores del club dejan paso a enormes cristaleras, pantallas donde se proyectan imágenes del equipo o enormes focos con luces de colores que, si te despistas, pueden hacer que confundas el estadio con una enorme discoteca.

Imponentes palcos vip que valen una fortuna en los que instalan televisiones para poder ver el partido mientras bebes champagne, comes canapés y charlas sobre negocios, haciendo que poco a poco, la pasión de ver un partido de fútbol en el estadio, empapándote del ánimo de la afición, se convierta en un simple espectáculo, algo distante y frío que nada tiene que ver con lo que de verdad supone, para el aficionado que ama el fútbol, reunirse con su equipo en el estadio cada jornada.

Si hay algo que, con todo este cambio, está claro es que, dentro de unos años, lo que se considerará raro será ver el fútbol en un estadio “típico”, alejado de todo tipo de lujos, luces y formas varias de conversión del fútbol en un negocio.

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