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Sandro Rosell
FC Barcelona President

7 de mayo de 2019. Era martes. Y hacía menos de una semana pululaba por las calles de Barcelona junto a miles de aficionados del Liverpool. Los que fueron con y sin entrada. Los que llegaron los días antes del partido y los que lo hicieron el día del encuentro. Los que tenían un sueño en la cabeza. El uno de junio y la ciudad de Madrid. La final de la UEFA Champions League en el Wanda Metropolitano.

Hacía buen día en el noroeste de Inglaterra. Sin el calor de España y con el viento producido por el río Mersey. Las calles del centro de la ciudad destilaban ese color característico de los días de partido. Los aficionados pasean por Whitechapel y Church Street. Visitan alguno o varios de los miles de establecimientos hosteleros que hay. Es pronto para ir hasta el estadio, alejado de la zona de acción. La cerveza corre y los aficionados del Barcelona pasean entusiasmados. Ganaron la ida por 3-0.

El sentimiento aquí es de incertidumbre. El resultado es terriblemente contundente. Y la sensación de frustración y vacío de seis días atrás aún prevalece. Pero el Liverpool es uno de esos equipos que es capaz de remontar lo imposible y estrellarse en lo más asequible. Como el Inter de Milán en Italia. O el Real Madrid en España. En cambio, el Barcelona es de esos equipos capaces de desperdiciar ventajas. De ser alcanzado. De tener la pájara antes de coronar el puerto en el mundo del ciclismo. A medida que se acerca la hora del partido, el pesimismo se va disipando y la fe empieza a aparecer. Es una noche europea en Anfield.

Liverpool es una ciudad con algo más de 600.000 habitantes. Con varias universidades que atraen a estudiantes de todo el país (especialmente de Irlanda y la parte norte de Inglaterra) con una de las mejores vidas nocturnas de Reino Unido (en tiempos de no pandemia) y una mentalidad abierta a cualquiera que quiera visitar o instalarse en sus terrenos. Barata. Sociable. Abierta. Pasional. Y en cierto modo, única.

Parecida a tantas ciudades inglesas en sus barrios exteriores al centro. Con esas interminables calles de casas ocupadas por una sola familia. Pocos edificios de altura. Muchas zonas verdes. Con la singularidad de estampar su radio de acción frente al río Mersey, lo que aglutina todo el tráfico y el transporte público conformando una ordenación urbana irregular y poco práctica.

En todo ese contexto, Anfield se ubica en uno de esos barrios donde viven una inmensa mayoría de scousers (naturales de Liverpool). Un barrio sin mayor atractivo que Stanley Park y los dos estadios de la ciudad. Goodison y el santuario de los Reds.

Conozco bien el estadio. Hacía casi dos años que me había mudado a Liverpool. Llegué un martes por la noche. Y en menos de doce horas estaba haciendo el tour. No es un escenario, en apariencia, impactante en volumen o aspecto. Es un estadio grande pero no enorme. No tiene una colosal proyección desde la larga distancia y ya dentro no parece esconder ningún secreto. Pero sí lo tiene. Y es su gente. Que representa su alma. Su esencia.

Esa misma temporada, tuve la fortuna de vivir todos los partidos del curso como trabajador del club en la sección visitante del estadio. Por allí habían pasado los irreverentes aficionados del Nápoles, los pasionales hinchas del París Saint-Germain, los simpáticos fans del Porto y los fieles del Bayern Munchen. Y todos los de la Premier League. Desde los desobedientes del Newcastle United y el Cardiff City a los calmadados y poco numerosos de Fulham y Southampton.

Pero ese era el día. El domingo quedaba un partido pendiente frente al Wolverhampton Wandererers en casa en el que el equipo de Jurgen Klopp se jugaría la Premier League al mismo tiempo que lo haría el Manchester City en el Amex frente al Brighton&Hove Albion. Pero también se podía hacer historia desde ese mismo martes. Con un resultado estruendoso en contra. Y ante un equipo fenomenal coronado con el ínclito Leo Messi, autor de un sensacional gol de falta en la ida.

En ese primer encuentro, en Barcelona, en una de las últimas acciones del choque, Ousmane Démbélé falló un gol cantado justo antes del pitido final frente a Alisson Becker. Le tiró el balón a las manos en lo que hubiera sido un devastador 4-0. Devastador e injusto. Porque, a pesar del rotundo 3-0, para cualquier persona que vio el partido, tanto en el estadio como hicimos nosotros, como los que lo hiceron por televisión, la conclusión fue la misma. El Liverpool fue superior al Barcelona de manera notoria.

Al salir del Camp Nou, tras el habitual tiempo de espera en las gradas como es habitual en los partidos de fuera de casa en la Copa de Europa, y después de camino hacia el metro alguno anunciaba un milagro en el que nadie creía. Yo sólo quería estar en silencio y rechazaba cualquier muestra de optimismo dentro de mi grupo. Y también la cena y cualquier bebida. Sólo quería llegar de vuelta a Liverpool y olvidar un episodio tan nefasto. Para ello, me quedaba una terrible noche sin dormir en el aeropuerto de El Prat y una interminable escala en Burdeos. Para los que suelen viajar por partidos de fútbol, algo dentro de lo establecido en los términos y condiciones.

Pero las cosas habían cambiado. Estaba ataviado con esa chaqueta naranja fosforita y mi peto de steward en la grada inferior de Anfield Road. En el sector 124. Junto a John, como era habitual. Un hombre de más de sesenta años con el que compartí experiencias y momentos de estrés y gozo en aquel vomitorio. El más cercano a la portería y, en consecuencia, en el que querían estar todos los aficionados visitantes sin importarles la ubicación de sus entradas. En aquel momento yo ya creía. Porque ya no había nada que perder. Y porque la desilusión no podía ser mayor a la de la semana anterior. Y esta vez, sin dinero invertido ni escalas por Francia sin dormir.

En Anfield sonaba la música. Era primavera, todavía de día. No era un mal panorama. Abrieron las puertas del estadio y empezaron a entrar los aficionados a todo el estadio. A nuestra zona, los del Barcelona. Pacté con John que yo me encargaría de tratar con ellos dado que yo soy español. Y así lo hice. A los culés les impactaba que un español trabajara allí. Pero para mí eso no era importante. Les trataba con la misma profesionalidad que a ningún otro aficionado de otro club y con mayor indiferencia que a nadie siendo aficionado del Real Madrid.

El partido se acercaba y aquello, como de costumbre en los partidos europeos, estaba fuera de control. Los ultras se habían ubicado como y donde habían querido y, en consecuencia, los aficionados de esos asientos habían ocupado otros que no eran los suyos y así sucesivamente. En el fondo opuesto, The Kop desplegaba pancartas y banderas. El ritual estaba en marcha.

La atmósfera de Anfield en los partidos europeos tiene una esencia diferente a los de la Premier League. Al ser entre semana, vienen menos turistas (especialmente de países nórdicos) y hay más aficionados locales, lo cual facilita un mayor seguimiento de las canciones de apoyo al equipo más allá del simbólico You´ll Never Walk Alone. Se habían visto partidos de gran entidad a lo largo del curso. Un apasionante 3-2 frente al PSG, un 1-0 apretadísimo que dio la clasificación frente al Nápoles, un afásico 0-0 frente al Bayern Munchen y un apacible 2-0 frente al Porto. Ninguno de esos resultados iba a valer esa noche. Ni siquiera el plácido 4-1 frente al Estrella Roja de la fase de grupos. Era una locura.

Empieza el partido. Y marca el Liverpool en el minuto siete. En nuestra portería. Estaba lejos de John y en medio de la catarsis del resto del estadio y el silencio de nuestra sección, me acerco y le digo al oído: “we still believe” (todavía creemos). El partido no da más de sí. El Barcelona no crea peligro pero tampoco el plantel de Jurgen Klopp, que no tiene a Roberto Firmino ni a Mohamed Salah por lesión. Y faltan dos, tres, o cuatro goles por marcar para estar en Madrid el uno de junio. Es 1-0 al descanso.

El clima está calmado en el entretiempo. Pero los que conocemos Anfield sabemos que si hay un nuevo gol del Liverpool, las cosas serán distintas. En ese estadio, es complicado ver un monólogo como el que pueda tener el Bayern Munchen jugando de local. O el autocontrol de la Juventus de Turín. Pero sí que hay una parte del partido, quizá de diez, quince o veinte minutos que los Reds arrollan. Llegan una y otra vez, por todos lados. Sin parar. Donde no existe la condescendía, el perdón o la salvación. Y si eso sucede, hay una oportunidad esta noche.

Y sucede. Como nunca antes. Georginio Wijnaldum hace el 2-0 nada más empezar el segundo tiempo y el estadio entra en combustión. Los aficionados del Barcelona dudan, temen. Yo, como madridista, sonrío y creo como nunca antes. Repito el mismo mensaje a John y a los pocos segundos centra Xherdan Shaqiri y estoy en perfecta posición para ver en línea recta el cabezazo del 3-0. Hay milagro.

Las canciones se suceden. El Main Stand, la grada más grande del estadio, parece más grande que nunca. Y la menor dimensión de The Kop parece el sostén perfecto para culminar una de las heroicidades mayores de la historia del fútbol europeo y puede que mundial. Pero todavía no estaba terminado el trabajo.

El Liverpool es un equipo que ha estado rodeado de grandeza y desgracia. Envuelto en las tragedias de Hillsbrough y Heysel. Repudiado por la gran mayoría de aficionados ingleses de cualquier otro equipo. Perdiendo la liga la temporada del resbalón de Steven Gerrard frente al Chelsea. Intercambiando a uno de sus jugadores franquicia como Michael Owen por una cantidad ridícula de dinero más Antonio Núñez con el Real Madrid. Y en el otro lado, aquella final frente al Milán en Estambul. Aquella remontada atávica frente al Borussia Dortmund en la Europa League o el proyecto triunfal, por fin, tras aquella noche de la mano de Jurgen Klopp tras más de tres temporadas de sequía.

El encuentro se hallaba en un punto de no retorno. Se percibía, que, si el Barcelona, a pesar de estar noqueado, conseguía marcar, sería demasiado para poder volver. Y que si lo hacían los Reds, no habría opción para revertir una hazaña de tal magnitud. El córner del gol de Origi, en el estadio fue desconcertante. Porque no podía ser que algo tan estúpido y simple pudiera desentrañar un episodio tan colosal y complejo. Pero a falta de reacciones de protesta la felicidad y la euforia se abrió paso. Era real. Estaba pasando.

Los minutos pasaron y el partido acabó. No se podía creer. Los aficionados del Barcelona pedían dimisiones, achacaban culpas y buscaban explicaciones. Gritaban. Algunos lloraban. El resto de Anfield gritaba, se abrazaba, hacía planes sobre como viajar el primero de junio a Madrid. El dantesco episodio de la semana anterior era un borrón que había sido reescrito con una tinta y un puño y letra que jamás podrían ser modificados. El de la historia.

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