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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Llegó el gran día. El partido más importante de toda la temporada. El que todo el mundo mira. Donde hay más cámaras. Del que se generan los recuerdos más eternos. El partido que sitúa a cada fan años después en el lugar y la compañía en la que vieron los noventa minutos. Es la final de la Copa de Europa. Y la juegan el Chelsea y el Manchester City.

Una lástima, una vez más, el tema contextual planetario. Hay público. Pero no mucho. Se juega en un buen estadio. Pero no en uno de los mejores. El Chelsea ha devuelto 800 entradas. Los aficionados vivirán la experiencia en una burbuja que durará sólo un día y por la que tendrán que pagar precios aberrantes para unas horas de disfrute. Mal la UEFA por el emplazamiento del partido. Y mal los clubes implicados por permitir algo así.

Volviendo a lo propiamente futbolístico, mencionar que será un encuentro tremendo. Con dos técnicos de gran sapiencia en el apartado táctico. Pep Guardiola ya ha ganado dos Champions League con el Barcelona (2009 y 2011) y Thomas Tuchel fue finalista el pasado curso con el París Saint-Germain hincando rodilla ante el todopoderoso Bayern Munchen. Mucho nivel en los banquillos ante un indescifrable partido.

El Chelsea llega con su sólida estructura defensiva compuesta por su zaga y su mediocampo. Esos jornaleros del 3-4-2-1 que configuran un entramado difícilmente herible. Donde se hayan los jugadores de más experiencia del equipo con César Azpilicueta, Thiago Silva, Jorginho y Kanté más los carrileros de turno y probablemente Antonio Rudiger. En ese engranaje se halla la clave de la final. Si el séquito de Guardiola consigue desestabilizar semejante ente marmóreo, los Sky Blues tendrán las de ganar. En la parte delantera de los de Tuchel, la consagración de Mason Mount, la actividad de Timo Werner y uno de la terna de Hakim Ziyech, Christian Pulisic y Kai Havertz serán los responsables de alcanzar el gol en una final que, se presume, de pocas concesiones.

El City llega con su flexibilidad habitual dentro de su rigidez de estilo. Siempre con la pelota y la amalgama de recursos en dibujo y hombres. Viendo el transcurso de la temporada, lo más normal sería la apuesta por el falso nueve (quizá Kevin De Bruyne o Phil Foden) más la amenaza de Riyad Mahrez desde la banda y de Ilkay Gundogan desde la segunda línea. Quizá las principales dudas serán si juega Bernardo Silva o Fernandinho. Uno para una apuesta más ofensiva y otro para blindarse ante las transiciones del Chelsea.

Las finales siempre son partidos diferentes. Y dentro de estas diferencias, la similitud entre ambos equipos es su fiabilidad defensiva. Un partido cerrado a pocos goles sería lo más lógico. Y con el primer equipo que marque como el favorito absoluto para alzarse con el título.

Es la hora del City que tantos años ha estado deambulando por Europa. Cayendo ante Mónaco, Liverpool, Tottenham o Olympique Lyonnais. Y también del Chelsea, tras su estruendoso éxito en 2012, vuelve a repetir patrón con el cambio de entrenador en invierno para llegar a una nueva final ese paso adelante para seguir creciendo en reputación y reverberación. Es un contexto singular ante dos equipos en busca de rentabilizar su dinero para reconvertirlo en prestigio.

Llegó su día. Una final por la que muy pocos habrían apostado en septiembre. El Chelsea solventó con contundencia y poder ante Atlético, Porto y Real Madrid. Y los Citizens sólo pasaron apuros frente al Borussia Dortmund tras solventar de manera convincente ante Borussia Monchengladbach y París Saint-Germain. No serán los más afamados ni los más queridos del continente. Pero han sido lo mejores. Así que es justo que ambos estén ahí. Sólo falta ver quién se lleva el cetro europeo. Allá van.

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