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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Recuerdo que en la época de cadetes fui uno de los últimos chavales en llegar al equipo. Bajo el sol de finales de agosto empezaba la pretemporada. Recuerdo que en la época de cadetes fui uno de los últimos chavales en llegar al equipo. Bajo el sol de finales de agosto empezaba la pretemporada: “Mira, vas a jugar de delantero, pero debes tener en cuenta lo siguiente: eres alto, espigado y el fútbol desde esa posición debe ser sencillo. A lo largo de un partido vas a recibir el balón muchas veces de cara a un compañero, por eso quiero que tu rol sea el de jugar a uno o dos toques. Recibir, tocar y al área, no te pido más”. Gracias a aquel consejo y con el trascurso de los partidos fui dándome cuenta de que en esto del fútbol es mejor hacer cuatro cosas bien que ocho mal hechas sobre un terreno de juego. Porque en este deporte muchas veces creo que en la simpleza también está la virtud.

Nunca llegué a ser titular indiscutible en aquel equipo, de hecho pasé más tiempo en el banquillo que sobre el césped. En la charla previa antes de los partidos a los suplentes nos dejaban elegir los dorsales entre el 12 y el 23. Aquel verano que llegué al equipo coincidió con el fichaje de Olivier Giroud por el Arsenal. Me bastaron pocos partidos para identificarme con él, por eso viendo que era un habitual en el banquillo dije desde el primer momento que mi dorsal siempre sería el 12.

Lo seguí siempre con mucha atención al delantero francés. En cada partido del Arsenal me fijaba en sus movimientos, recepciones… No acaparaba las portadas, seguramente porque su llegada pasó desapercibida pese a su apariencia de actor de cine o porque la mayoría de los aficionados gunners estaban todavía superando el duelo por la salida de Van Persie al Manchester United. Pero ahí ha estado Giroud, pese a todo. En el Arsenal pasó por casi todo tipo de situaciones: ser titular indiscutible, estar relegado al banquillo, que el club decida traer a Welbeck y recuperar a Bendtner para sumar competencia en la plantilla, dar la asistencia de uno de los goles de mayor belleza asociativa en los últimos años o haber logrado ganar el premio Puskas en el primer día del año con un espuelazo antológico. Todo ello casi siempre bajo la sospecha continuada de su altruismo en el césped en el día a día del equipo. Entiendo que no es un delantero habilidoso, veloz, enérgico o que llame la atención por acciones que te inviten a levantarte del sofá…pero esas cualidades son obvias y se pueden ver a simple vista por la fisionomía del jugador. Con él la obviedad se ha apoderado a la hora de analizarlo. No ha habido grises, casi siempre su juicio iba en relación a sus pérdidas de balón, a las ocasiones falladas o a la ausencia de las mismas. Probablemente porque es más llamativo ver a un delantero de 1,93 que a otro de menor estatura fallar una ocasión de gol, porque antes del partido el juicio negativo hacia su rendimiento ya estaba construido. También por tener un abanico corto de acciones de juego: uno no llega a conformarse con su capacidad de generar una permanente atención a las defensas rivales para habilitar a sus compañeros o cómo cada toque suyo de primeras sirve para darle una mayor fluidez al juego de su equipo.

Salió del Arsenal con un aval de 105 goles en 253 partidos en seis temporadas. No se movería de la Premier, porque el Chelsea se haría con sus servicios en 2018. Durante este periodo la presencia de Giroud en equipos que terminan ganando títulos sorprende por dos cuestiones antagónicas, pero a su vez complementarias: la delgada línea que separa el gol y la ausencia del mismo.

Durante el Mundial de Rusia que ganó Francia, en las últimas rondas del mismo se repetía siempre un comentario que tuvo su validez hasta la conclusión del torneo: “Francia ha ganado un Mundial sin un solo gol del delantero”. Lo que suponía una sorpresa para muchos, no lo fue para el que escribe estas líneas. Concluí que Giroud era un incomprendido, salvo para Mbappé o Griezman, que se lo pasaron pipa en aquel campeonato con un Giroud pivotando y entendiendo cada uno de sus movimientos. Esta cuestión siempre quedará envuelta por el éxito que supone ganar un Mundial, pero en el caso de no haber sido así la crítica hubiese sido dantesca. Incluso en esas también sería debatible, porque no hay que olvidar que Giroud es el tercer máximo goleador de la historia de la selección francesa (44 goles). Solo superado por leyendas como Platini o Henry.

Luego está la otra cara de la moneda. En la Europa League que gana el Chelsea en 2018 Chelsea el francés anotó 11 goles en 14 partidos, abriendo el marcador de la final ante su ex equipo y provocando un penalti durante la misma. Si hay algo que también ha caracterizado a Giroud es lograr la titularidad a partir de la meritocracia. Con la llegada de Frank Lampard, Tammy Abraham empezó la temporada siendo de la partida, hasta el punto de que Giroud se replantease una posible salida en el mercado de invierno hace un año. Me pareció lógica esta decisión, la cual se ha prologando en el tiempo dada la eficiencia mostrada por el atacante francés. Hay un dato de Opta que me ha llamado la atención. Desde la temporada 2019/20, de los jugadores que han marcado más de 10 goles, solo Agüero (25 goles en 94 minutos) supera a Giroud en el ratio de minutos/goles anotados, el cual se sitúa en 19 goles en 105 minutos.

Ahora a esa competencia de Abraham se ha sumado Timo Werner y en las quinielas a principio de la temporada Giroud no entraba para ser titular en este Chelsea, incluso parecía destinado a una salida del club. Encontró más minutos en Champions que en la Premier, donde fue decisivo anotando un gol en el descuento ante el Stade Rennais y con aquella noche en Sevilla anotando un póker de goles prácticamente de todas las formas posibles: con la izquierda, con la derecha, de cabeza y desde el punto de penalti. A partir de ahí vuelta a una titularidad que ya vuelve a esfumarse. Porque es fácil desprenderse de Giroud a las primeras de cambio y buscarle en el banquillo cuando el equipo debe ganar un partido. A sus 30 años y en un fútbol donde cada vez van aumentando los equipos que plantean sus partidos a partir de una presión alta, jugadores como Giroud adquieren una importancia que debería ir más allá de la frialdad que pueda transmitir sobre un terreno de juego.

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