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Sandro Rosell
FC Barcelona President

Resumir 22 años en un texto. Si mi tarea ya es difícil, la del técnico galo más influyente de la historia lo fue aún más. No es momento de pararse a recordar los títulos, las copas, los récords, el vacío europeo. No es momento de llegar a la conclusión de que “debería haberse marchado tres años atrás”. No se lo merece. Wenger no se lo merece.

Su historia va más allá de todo eso. Me recuerda un poco a la típica novela de drama, donde el protagonista en escena se halla perdido e inseguro. Sin rumbo. Buscándole el sentido a su vida y a su camino. Hasta que llega esa figura salvadora y el horizonte se ilumina. El destino quiso que, en la trayectoria del Arsenal, un francés flaco y alto, con aspecto apagado y abrigo imposible de abrochar, se cruzase por delante y lo cambiase todo. Y cuando digo todo, es todo. Y lo mejor, no solo lo hizo ahí, sino también en un país entero.

¿Quién iba a pensar que un entrenador, cuya última experiencia había sido en Japón, haría tal cosa? Ni siquiera la mitad de los aficionados “gunners” sabían su nombre. Hasta los jugadores desconocían su paradero. Ahora, más de dos décadas después, existen hinchas que no conocen al Arsenal sin Arsène Wenger. Y siendo ya mayores. Como si todo lo que venga después de él, será irreconocible. Como si se acabara el mundo en el norte de Londres. Lo peor de todo, es que no les falta razón.

La marcha del manager alsaciano significa el punto final de una historia de amor. Ya no solo con su club, sino con el balompié entero. Su salida representa el giro de 180º que ha tomado el fútbol y que lo ha convertido en un deporte resultadista. De temporadas. De presente sin perspectiva de futuro. De victorias en los marcadores y no en los vestuarios. De técnicos que duran dos campañas y ya se convierten en ídolos en el tiempo. De existimo puro y duro. El dolor que dejó la partida de Sir Alex Ferguson para el Manchester United fue grande. La de Wenger, también lo será.

Porque llevó al club de su vida a la cima. Cogió al conocido “Boring boring Arsenal”, y lo transformó en una galería de arte. En un equipo que desconocía otra ideología en la que el balón no fuera la piedra angular. Modificó la metodología de los entrenamientos. “Profesionalizó” un conjunto bruto y anarquista. Priorizó la apuesta por los más jóvenes cuando los billetes empezaban a entrar en escena. Casi que construyó el actual Emirates Stadium. Y creó escuela. La revolución en la Premier no llegó con el aterrizaje de Pep Guardiola hace dos temporadas (sin restarle mérito al catalán). El hombre que realmente cambió el fútbol inglés, fue Wenger.

El punto álgido de su carrera llegará dentro de unos años, cuando se le valore de verdad. No obstante, y para entrar en materia competitiva, el bueno de Arsene no se ha caracterizado por llenar las vitrinas del Arsenal. Tres ligas nacionales, siete FA Cups y unas cuantas Community Shield. El museo sigue teniendo espacio para mucho más, pero la retina del Viejo Continente, siempre tendrá presente a “Los Invencibles”, el mejor equipo de la historia de la Premier. La superioridad de los Henry, Vieira, Touré, Cole, Gilberto Silva y cía, jamás se ha vuelto a ver sobre los campos británicos. Ni siquiera el majestuoso City de este curso ha estado cerca de tal hazaña.

El significado de las palabras para rememorar la influencia de Wenger tiene poco valor más que reflejar y refrescar lo que fue. Su idea, a pesar de no hacerse notar entre el populacho a pie de calle, ya está instaurada. Y lo estará siempre.

En el último lustro se le notaba algo confuso con lo que estaba viendo. Mirada un poco perdida y emociones más sofocadas de lo que nos tenía acostumbrado. Quizá porque él también sabe que este no es el mundo con el creció. Quizá porque, después de tantos años, es momento de echarse a un lado y dejar que la ola del fútbol moderno siga su camino. Dentro del mar yacerá su legado. Imborrable e irrepetible. “We will miss you, boss”.

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